Carlo Broschi, Farinelli, retratado en 1752 por el pintor italiano Jacopo Amigoni.

Carlo Broschi, llamado Farinelli, fue un virtuoso cantante castrado de ópera italiano (de hecho, el más famoso del mundo) nacido en Andria el 24 de enero de 1705, y fallecido en Bolonia el 16 de septiembre de 1782.
Nació dentro de una familia adinerada, y su padre Salvatore, amante de la música, quiso que sus hijos dirigieran sus pasos en esa dirección. Así, el mayor, Riccardo, estudió composición, mientras que Carlo lo hizo como cantante. Al parecer, fue decisión de Riccardo, al ver las grandes posibilidades de su hermano, el que Carlo fuera castrado a los 12 años, con la excusa de que era necesario debido a una caída de caballo.
La castración, prohibida entonces, aunque se hacía la vista gorda, es una operación quirúrgica que, con miras a la consecución de un tipo determinado de voz, se ha de hacer antes de la pubertad. En ella se emascula, es decir, se seccionan los testículos de un niño varón para evitar que la testosterona le cambie la voz. De este modo mantiene la tesitura y timbre de soprano infantil alcanzando también, al ir creciendo, los rangos adultos, y lograr abarcar desde la voz soprano hasta la contralto. Además, la falta de esa testosterona hace que los huesos crezcan más porque las epífisis no se endurecen de forma normal, por lo que las costillas son más largas y permiten una mayor capacidad pulmonar. Todo lo anterior, unido a una formación vocal muy exigente y un entrenamiento intensivo de varios años, podía dar lugar a un virtuosismo extremo, con un dominio casi perfecto de los adornos -por repentinos que fueran-, y con un control total del ritmo y sus cambios en la frase musical. El resultado último era una voz completamente distinta a la de un hombre o una mujer.
Aunque siempre existieron castrati (“castrados” en lengua italiana) cantantes, surgidos de los eunucos emasculados en la niñez, fueron haciéndose más comunes en la historia musical en el siglo XVII, para llegar a su apogeo, sobre todo en Italia, entre los años 1720-30, década en la que se calcula que se castraban 4.000 niños cada año, casi todos procedentes de familias muy necesitadas, pues la castración era vista como una posible salida de la pobreza para el niño y su familia; era una inversión de futuro, por así decirlo.
Sin embargo, solo unos pocos, los más capacitados, conseguían el éxito en la carrera operística, ocupando el lugar de las actuales megaestrellas del rock, pues la mayoría de los castrados pasaban a trabajar en los coros de las iglesias, o lo que es lo mismo, siguiendo el símil anterior, pasaban a tocar en las bandas de pop locales de hoy día que hacen los recorridos verbeneros por las fiestas de los pueblos.
El fin de esta moda vocal llegó a finales del siglo XVIII y principios del XIX, por el cambio en la actitud social hacia esta acción. El último gran castrado (o capón, como se decía antiguamente en España) cantante de ópera fue Giovanni Battita Velluti (1781-1861). Cuando se unificó el estado italiano, el nuevo gobierno prohibió la castración (1861), y años después, en 1871, el papa León XIII también prohibió que se contrataran más castrati para cantar en los coros vaticanos, aunque siguieron haciéndolo los que ya estaban empleados, poniendo fin a que se reprodujera una práctica de la que ya se pensaba que embellecía el bel canto pero envilecía la condición humana. El último castrado cantó en el coro Sixtino, y fue Alessandro Moreschi (1858-1922), que nunca cantó ópera y no fue ni de lejos un gran virtuoso, pero que al final de su vida activa dejó grabadas unas breves interpretaciones (1902 y 1904) que son los únicos archivos de audio disponibles en el mundo de la voz de un castrado, aunque no sean muy buenas y su voz sea una sombra de la de los grandes castrati. El fin oficial de este mundo llegó el 22 de noviembre de 1903, cuando el papa Pío X dijo que las partes que hasta entonces cantaban los castrados tendrían que ser entonadas a partir de ese día por niños.
Y volviendo a Carlo Broschi, tras su castración fue enviado a Nápoles, donde bajo la dirección del músico y compositor Nicola Porpora refinó su talento. Fue en aquella época cuando tomó el sobrenombre de Farinelli, en honor a los hermanos Farina, unos abogados napolitanos que sufragaron sus gastos y le protegieron en estos primeros años. Ya en 1720 comenzó a actuar por Italia con composiciones de Porpora, siendo conocido popularmente como il ragazzo, “el muchacho”. Más tarde, entre 1725 y 1734 recorrió las principales ciudades de Italia (Venecia, Milán, Bolonia, Roma, Parma, Turín, etc.) yendo hasta en tres ocasiones a Viena y una a Múnich. Su fama ya alcanzaba toda Europa, ocupando un lugar preferente en el parnaso del canto. Maestro del virtuosismo, se lucía al introducir en sus arias segmentos de extrema dificultad técnica y al hacer gorgoritos con una flexibilidad inverosímil. Además, fue muy famoso por sus retos, en los que competía con otros castrados o con intérpretes de instrumentos, para ver quién se cansaba antes, como por ejemplo en la competición en Roma en 1722 con un trompetista alemán realizando crescendos, desafío que ganó Farinelli.
De 1734 a 1737 se mudó a Londres para ayudar al grupo de ópera de Porpora, apoyado por el príncipe de Gales, rival del grupo de Haendel, apoyado por el rey Jorge II. En Gran Bretaña alcanzó el cénit de su gloria (y muchísimo dinero) cantando obras de Hasse, de su hermano Riccardo Broschi, de Porpora, etc., pero cansado de la amargura que le creaba la constante oposición entre los dos grupos, aceptó la oferta de la reina de España Isabel de Parma, esposa de Felipe V, para que marchara a la corte de Madrid. De paso hacia la península en mayo de 1737, cantó para el rey francés Luis XV, llegando finalmente a la capital española el 7 de julio de 1737, donde permaneció durante unos largos 25 años.
La reina quiso contratarlo porque creía que su voz curaría al rey de su depresión melancólica, (una forma de referirse a sus primeros síntomas de locura). Evidentemente, no le curó, pero si alivió su neurastenia y apatía, en lo que ha venido a llamarse tratamiento de musicoterapia. De hecho, Felipe V apreció tanto su canto, que solo con la amenaza de que Farinelli no iba a cantar, se conseguía que el rey se lavase y afeitase. Siempre cantaba 8 u 9 arias, las mismas, las que más gustaban al soberano, que le nombró músico de cámara, le hizo prometer que no abandonaría la Corte, e impidió que cantase en público (de hecho, nunca más lo hizo), reservándo su voz para él solo y los que le rodeaban en la Corte. Debido al favor de su majestad, Broschi se convirtió en un favorito real con mucha influencia, que siempre usó de modo prudente, manteniéndose alejado de los manejos de la Corte, si bien apoyó la política reformista del ministro Ensenada. Se enamoró de una dama noble, de la que hoy solo se conocen sus iniciales, S.I.L., pero no llegó a nada con ella, que se sepa. Con el fallecimiento de Felipe V y la subida al trono de Fernando VI, el ascendiente de Farinelli aún creció más, pues la pareja real era melómana, y la relación entre los reyes y el cantante fue muy cercana. En 1750 fue nombrado por estos caballero de la Orden de Calatrava.

En este cuadro, del pintor italiano Corrado Giaquinto, realizado poco después de 1750, Farinelli luce una capa con la cruz de Calatrava, y tiene detrás las efigies de sus reales protectores españoles, Fernando VI y Bárbara de Portugal.

Sin embargo, en el año 1759 terminó su época dorada en España. Con la llegada del nuevo rey, Carlos III, que no era aficionado en absoluto a la música, se le dio carta libre para marcharse de Madrid conservando una pensión real y toda su fortuna ganada. Según se comentó en la villa, el nuevo rey dijo que a él no le gustaban los capones más que en la mesa. Farinelli se retiró a Italia y finalmente se instaló (1761) en la ciudad de Bolonia, donde se compró una suntuosa villa en la que residió el resto de su vida en soledad, aunque recibió la visita de destacadas figuras como Casanova, Metastasio, Mozart, el emperador José II,
Martini, Gluck, y de todas las personalidades que pasaban cerca de Bolonia, deseosas de conocer a la estrella musical ya retirada, pero aún deslumbrante. Durante su estancia en Madrid acumuló una gran colección de pinturas de grandes maestros como Tiziano, Murillo, Correggio, Velázquez, Rafael y Ribera entre otros, así como valiosos instrumentos musicales, incluyendo un Stradivarius, colección que desafortunadamente fue desperdigada tras su muerte por sus herederos. Falleció en su villa en 1782, sin haber escrito sus memorias, a pesar de las peticiones de sus amigos, ávidos de conocer las interioridades de las altas personalidades a las que trató. Farinelli siempre respondió a estos ruegos: “Para mí es suficiente saber que no he tenido prejuicios contra nadie. Siento que no pude hacer todo el bien que hubiera deseado”.
Por su extraordinaria gama vocal, la versatilidad en las distintas clases de canto, y su capacidad pulmonar para mantener la voz, es recordado como el mejor cantante de ópera que ha existido.
En 1994 se hizo una película llamada “Farinelli” sobre su vida, con bastante ficción en los hechos relatados, que se centra sobre todo en su época londinense, y en la que el director intentó remedar la voz de un castrato uniendo digitalmente la del tenor Derek Lee Ragin y la de la soprano Ewa Malas-Godlewska, con un resultado que, al decir de los expertos musicales, quedó lejos de las capacidades de Farinelli, pues los grandes maestros vocalistas del barroco tenían unas técnicas vocales muy elaboradas, y además Carlo Broschi fue un prodigio en sí mismo imposible de imitar.

Póster del film “Farinelli”, de 1994.